Un hombre entra a un bar y encuentra a su esposa conversando con el tipo del mesón. Ella parece desinhibida. Ríe, fuma, bebe. Él se acerca y se sienta en el taburete vecino. Ella lo mira sin dejar de fumar. Parece que estuviese algo ebria pero no, él la conoce, sabe que no es así. La mirada que ella le dedica al verlo es lánguida y profunda."Qué haces aquí," dice, "se supone que debías estar trabajando." Se acerca el barman y le pregunta al hombre si va a pedir algo de beber. Si no, ya puede ir echándose a volar. Él asiente. "Nada, ya me iba." El barman mueve la cabeza y se aleja en dirección de la caja registradora. La mujer del hombre sonríe: "Verás, estuve pensando esta tarde en que quedarse en casa es bastante aburrido. Sabes que me muero de ganas de salir y que debo conformarme con esperarte. No está nada mal, pero no era la idea que tenía de una vida. Supongo que podrás entenderlo." Se oye una voz desde el fondo del bar. "¡Hey, Susana, por qué no vienes a sentarte con nosotros!" "Parece," observa el esposo, "que es a ti a quien llaman." Ella se vuelve y él ve su cabellera negra que se mueve y brilla con las luces del cielo. "Dejaos de cosas, chicos, llegó mi marido." Nada parece muy oportuno en ese lugar. El hombre piensa que aquel podría ser el final de algo. Entonces se decide a hacer un gesto al barman. La blusa blanca de su esposa parece quedarle un poco ancha. O suelta. Él en cambio luce frío y ordenado. El cabello bien peinado, el traje oscuro, la corbata invariablemente negra. "¿Sí?" "Un martini seco." El barman saca de debajo del mostrador un posavasos y lo deposita frente al hombre. Este lo mira y ve un círculo de corcho en el que nada se refleja. De pronto se le ocurre que puede dejar el impermeable a un lado y depositar su maletín en el suelo. Piensa en la hora. Son las siete de la tarde. "Borodin consideraba que la música era nada más que un pasatiempo." "¿Qué?," pregunta la mujer. "Un pasatiempo, ya sabes." Ella lo mira con los párpados caídos, como si deseara esconder el brillo de sus ojos, el brillo que sus ojos reflejan. "Quién es ese." "Quién." "Oh, vamos." "Borodin." "Borodin," repite ella "Un músico." El barman trae el martini seco y lo deposita sobre el círculo de corcho. El brillo de las luces se refleja en el espejo movedizo del brebaje. No como en los ojos de ella. Los ojos de ella son diferentes. Aunque tal vez están hechos de embriaguez. De abandono. Ella prefiere el old fashion, azúcar, un poco de brandy, unas gotas de amargo, una cáscara de limón. Ha bebido dos. "Borodin era un químico. Prefería la química a la música. Pero hoy se lo recuerda por la música, no por la química." "Ya veo." "Seguro que conoces las danzas polovtsianas del príncipe Igor." "Te burlas de mí. No te pases de la raya." El barman enciende la televisión pero los de la mesa del fondo le piden que la apague. Es curioso, piensa el marido de Susana, porque en ese momento transmitían el fútbol. El barman les pide que lo dejen mantener la imagen al menos, "es poco pedir, ¿no creen, chicos?." El martini le hace bien. Es lo que piensa mientras bebe. También piensa que lo que verdaderamente le gusta del martini es el nombre. La palabra. No el brebaje en sí. Es curioso, se dice. Al frente, en el espejo, su reflejo le devuelve una imagen cansada. La de su esposa, en cambio, luce fresca y animada. Ella es joven, él es un anciano. Él es como Odiseo al momento de regresar a Ítaca. Curiosamente el nombre del bar es ese: Ítaca. El perro de la entrada bien puede llamarse Argos. Más tarde le preguntará al barman. O no. Susana coge la cáscara con el mondadientes y la levanta. La cáscara gotea, ella la mira. Él sigue su movimiento en el espejo hasta que ella se da cuenta. "Qué miras," dice.
Continuará.
jueves, 30 de agosto de 2018
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