domingo, 2 de septiembre de 2018

Itaca 2

"No ganas nada quedándote en casa." Era la frase favorita de mamá. Nos hacemos a la idea de que es cierto y salimos. Primero a la escuela. Después a la universidad. Después a una oficina. Después de un tiempo, de años, de hartos años, vuelves a casa. Lo ganado te permite quedarte allí, en casa. He ganado dinero. Mi esposa se quedó con un departamento y un automóvil del año. Se quedó con otras cosas más. Me tiene sin cuidado. Lo importante es que encontró un mundo que no había imaginado. Tiene amigos marineros y amigos pianistas, saxofonistas, y toda clase de gamberros y perdedores a los que invita a su piso en la torre Williams. Desde allí se divisan el río, el cerro y la autopista. De noche las luces de la ciudad crean la sensación equivocada de que tienes algo más de lo que cubres con las nalgas cuando te sientas. Estás tan arriba que te crees que es cierto. Mi piso está en el nivel veintidós. No pienso en términos de posesión sino justo lo contrario: todo me parece ajeno y temporal. Allá afuera es un zumbido incesante. Ahora mismo, sentado en el sofá con una copa de coñac entre las piernas, un pie sobre la mesa, las cortinas descorridas, el ventanal traspasado de luz violeta, me repito una y otra vez: nada de esto te pertenece. Ni el aire que respiro. Mucho menos Susana. Ella ha decidido hacer su vida, una vida propia. Todo lo que soy se puede largar en cualquier momento. Lo que soy es algo que se aprieta y compacta, pero que en cualquier momento cae y se desparrama por la alfombra. Las ondas sonoras que salen del tocadiscos, mis oídos por los que ella penetra, mi cerebro que trabaja para darles forma y sentido, todo eso, en cualquier momento sucumbe. ¿No? Después de todo, nada tiene de malo equivocarse. Menos cuando las primeras luces empiezan a encenderse en las habitaciones a las que la luz del sol ha dejado de llegar. Miro con detención hacia el frente. No veo a nadie. Los balcones yacen desocupados. Tras los ventanales no se mueven sombras. Nadie que beba a la salud del cielo rasgado y las nubes largas del atardecer, o la brisa que afecta el modo en que lo ves. Todos escondidos, enfrente de la televisión, o acurrucados en sus sillones hablando por teléfono, o moviéndose en los espacios semicerrados de una cocina o un baño. Mirándose en los espejos. Inspeccionando un grano. Preguntándole al reflejo propio en la ventana, ¿es esto la vida? En esto suena el timbre. Llaman a la puerta. Sé quién es. No sé si quiero abrir. Es domingo, además. Esto último lo empeora todo.

Continuará.

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