miércoles, 11 de diciembre de 2019

My way of life

Como si pudiera llamarse de otra manera. Tratándose de Frankie... Mirar por el retrovisor, ver el polvo del camino levantándose, experimentar el sol como una quemadura que se expande por la pampa y nos abrasa con ella. Subir el volumen de la radio. "Es Sinatra," dice ella. Después se reclina, cierra los ojos. Yo llevo las manos en el volante, pero quisiera ponerlas sobre ella, la de los ojos cerrados. "You are my way of life / The only way I know..." Frankie. "Nunca te dejaré ir." "¿Qué?" Los ojos cerrados. La pampa se mueve del otro lado de la ventanilla. Se mueve hacia atrás a cien kilómetros por hora. Del otro lado no viene nadie. Nadie tampoco en las orillas. Nadie al fondo del retrovisor, ni más allá. Es un planeta desolado. Es un alma en pena que por momentos enseña sus espejismos, ráfagas de luz torciéndose como espejos diluidos. Subo el volumen. Ella, los ojos cerrados, es la única forma que vale la pena recordar para siempre. Si el recuerdo existe como yo creo, y su forma es verdadera como la pampa o la velocidad, que nada entonces se pierda. Que no se pierdan sus párpados quietos como palomas en las cornisas, o como argumentos para negar el agua a un sediento. Frankie, su voz metiéndose en nosotros sin llamar a la puerta. Enamorándome de una mujer que él no conoció, pero que hubiera deseado con todo su ser. ¿He dicho eso? ¿Lo he pensado? ¿De verdad lo he dicho? Al fondo, el camino forma ese punto en el que las paralelas de la berma se tocan. Como nosotros esa tarde y esa noche, con el tocadiscos encendido, la misma canción, el mismo Frankie. "I don't need the crowd at my door..." Con los rayos del sol tardío atravesando las cortinas, rayos cobrizos, acusando al polvo de estarse quieto en la sala y observándolo todo. "¿Qué diría?" "Quién, por Dios." Los ojos cerrados, la pampa retrocediendo devorada por el pasado que es un vórtice que nadie nota. Nosotros alejándonos a toda velocidad, ciento veinte kilómetros por hora, para que no acabe con nosotros como acaba con ella, la pampa. "...all I need is you..."  "Querida." "Qué." Es todo lo que dice. Son sus labios, me pregunto, o su pelo negro, abundante, lleno de brillos. O sus manos quietas sobre la falda. La idea de que puede dormir, aunque bien pudiéramos estrellarnos con la nada que nos rodea por todos lados. Somos el centro de algo que no comprendemos. Un silencio que las palabras se quisieran cualquiera tarde de estas. "Never let you out of my sight / Be it day, be it night."  Y todo se reduce a sus manos quietas, a la forma que adopta su blusa, al movimiento fijo de sus aros, a sus párpados cerrados, Frankie. Frankie, ¿me oyes, verdad?



sábado, 8 de septiembre de 2018

Ítaca 3

(def.; De atrás adelante. v.gr.; "Esto se mueve de atrás hacia adelante.")

Estaba en casa, años atrás. Había tanto polvo en el mundo que el planeta parecía recién terminado.

A ratos la atmósfera parecía levantarse como una cortina. El sol se oscurecía. Escuchabas apenas tus latidos. Después esperabas hasta que un velo violeta caía sobre el mundo.

Te preguntabas si era la Tierra.

Te preguntabas si eras tú preguntándote si era la Tierra o no.

Mirabas por la ventana al polvo formando conos rotatorios ascendentes y te preguntabas si andaban buscándote a ti todos esos conos. Para llevarte lejos. A dónde. No sé, lejos.

La esperaba a ella.

Mientras tanto miraba esas formas revueltas llevándose el polvo del suelo hacia lo más alto del cielo. Y todo el pueblo se ensombrecía mientras yo la esperaba a que llegara...

Ahora que lo pienso, lo veo.

Han pasado tantos años que cuando lo veo ya no lo recuerdo. Lo invento. Sé que lo invento. No se trata de ella, ¿verdad? Se trata de mí. Todo el tiempo se trató de mí.

"El tiempo es lo que marca tu reloj," decía. "El tiempo es algo que medimos." Y después: "El tiempo es solo espacio." Después se acercaba a la ventana y se quedaba quieta. "Todo ese polvo," decía. Y el polvo giraba formando demonios, uno tras otro, que alternadamente tapaban el sol para dejarnos en la sombra. A nosotros que amábamos la luz. Toda la tarde aquel polvo (¿podéis creerlo?) formando remolinos, no para nosotros que amábamos la luz, sino para las sombras que amaban ese anhelo nuestro de luz.

Estoy sentado viendo sobre el telón de fondo de la nada, proyectado, mi recuerdo. Y al hacerlo la veo a ella de pie junto a la ventana. El viento forma remolinos de polvo. El polvo cubre el sol. Quedamos en sombras. Ella dice algo. No escucho lo que dice. ¿Qué? ¿Cómo? Veo sus labios pero no alcanzo a descifrar sus palabras. En algún momento ella es pura luz.

Dejo caer la cabeza. Cierro los ojos. Todo se vuelve extrañamente blanco.


domingo, 2 de septiembre de 2018

Itaca 2

"No ganas nada quedándote en casa." Era la frase favorita de mamá. Nos hacemos a la idea de que es cierto y salimos. Primero a la escuela. Después a la universidad. Después a una oficina. Después de un tiempo, de años, de hartos años, vuelves a casa. Lo ganado te permite quedarte allí, en casa. He ganado dinero. Mi esposa se quedó con un departamento y un automóvil del año. Se quedó con otras cosas más. Me tiene sin cuidado. Lo importante es que encontró un mundo que no había imaginado. Tiene amigos marineros y amigos pianistas, saxofonistas, y toda clase de gamberros y perdedores a los que invita a su piso en la torre Williams. Desde allí se divisan el río, el cerro y la autopista. De noche las luces de la ciudad crean la sensación equivocada de que tienes algo más de lo que cubres con las nalgas cuando te sientas. Estás tan arriba que te crees que es cierto. Mi piso está en el nivel veintidós. No pienso en términos de posesión sino justo lo contrario: todo me parece ajeno y temporal. Allá afuera es un zumbido incesante. Ahora mismo, sentado en el sofá con una copa de coñac entre las piernas, un pie sobre la mesa, las cortinas descorridas, el ventanal traspasado de luz violeta, me repito una y otra vez: nada de esto te pertenece. Ni el aire que respiro. Mucho menos Susana. Ella ha decidido hacer su vida, una vida propia. Todo lo que soy se puede largar en cualquier momento. Lo que soy es algo que se aprieta y compacta, pero que en cualquier momento cae y se desparrama por la alfombra. Las ondas sonoras que salen del tocadiscos, mis oídos por los que ella penetra, mi cerebro que trabaja para darles forma y sentido, todo eso, en cualquier momento sucumbe. ¿No? Después de todo, nada tiene de malo equivocarse. Menos cuando las primeras luces empiezan a encenderse en las habitaciones a las que la luz del sol ha dejado de llegar. Miro con detención hacia el frente. No veo a nadie. Los balcones yacen desocupados. Tras los ventanales no se mueven sombras. Nadie que beba a la salud del cielo rasgado y las nubes largas del atardecer, o la brisa que afecta el modo en que lo ves. Todos escondidos, enfrente de la televisión, o acurrucados en sus sillones hablando por teléfono, o moviéndose en los espacios semicerrados de una cocina o un baño. Mirándose en los espejos. Inspeccionando un grano. Preguntándole al reflejo propio en la ventana, ¿es esto la vida? En esto suena el timbre. Llaman a la puerta. Sé quién es. No sé si quiero abrir. Es domingo, además. Esto último lo empeora todo.

Continuará.

jueves, 30 de agosto de 2018

Ítaca

Un hombre entra a un bar y encuentra a su esposa conversando con el tipo del mesón. Ella parece desinhibida. Ríe, fuma, bebe. Él se acerca y se sienta en el taburete vecino. Ella lo mira sin dejar de fumar. Parece que estuviese algo ebria pero no, él la conoce, sabe que no es así. La mirada que ella le dedica al verlo es lánguida y profunda."Qué haces aquí," dice, "se supone que debías estar trabajando." Se acerca el barman y le pregunta al hombre si va a pedir algo de beber. Si no, ya puede ir echándose a volar. Él asiente. "Nada, ya me iba." El barman mueve la cabeza y se aleja en dirección de la caja registradora. La mujer del hombre sonríe: "Verás, estuve pensando esta tarde en que quedarse en casa es bastante aburrido. Sabes que me muero de ganas de salir y que debo conformarme con esperarte. No está nada mal, pero no era la idea que tenía de una vida. Supongo que podrás entenderlo." Se oye una voz desde el fondo del bar. "¡Hey, Susana, por qué no vienes a sentarte con nosotros!" "Parece," observa el esposo, "que es a ti a quien llaman." Ella se vuelve y él ve su cabellera negra que se mueve y brilla con las luces del cielo. "Dejaos de cosas, chicos, llegó mi marido." Nada parece muy oportuno en ese lugar. El hombre piensa que aquel podría ser el final de algo. Entonces se decide a hacer un gesto al barman. La blusa blanca de su esposa parece quedarle un poco ancha. O suelta. Él en cambio luce frío y ordenado. El cabello bien peinado, el traje oscuro, la corbata invariablemente negra. "¿Sí?" "Un martini seco." El barman saca de debajo del mostrador un posavasos y lo deposita frente al hombre. Este lo mira y ve un círculo de corcho en el que nada se refleja. De pronto se le ocurre que puede dejar el impermeable a un lado y depositar su maletín en el suelo. Piensa en la hora. Son las siete de la tarde. "Borodin consideraba que la música era nada más que un pasatiempo." "¿Qué?," pregunta la mujer. "Un pasatiempo, ya sabes." Ella lo mira con los párpados caídos, como si deseara esconder el brillo de sus ojos, el brillo que sus ojos reflejan. "Quién es ese." "Quién." "Oh, vamos." "Borodin." "Borodin," repite ella "Un músico." El barman trae el martini seco y lo deposita sobre el círculo de corcho. El brillo de las luces se refleja en el espejo movedizo del brebaje. No como en los ojos de ella. Los ojos de ella son diferentes. Aunque tal vez están hechos de embriaguez. De abandono. Ella prefiere el old fashion, azúcar, un poco de brandy, unas gotas de amargo, una cáscara de limón. Ha bebido dos. "Borodin era un químico. Prefería la química a la música. Pero hoy se lo recuerda por la música, no por la química." "Ya veo." "Seguro que conoces las danzas polovtsianas del príncipe Igor." "Te burlas de mí. No te pases de la raya." El barman enciende la televisión pero los de la mesa del fondo le piden que la apague. Es curioso, piensa el marido de Susana, porque en ese momento transmitían el fútbol. El barman les pide que lo dejen mantener la imagen al menos, "es poco pedir, ¿no creen, chicos?." El martini le hace bien. Es lo que piensa mientras bebe. También piensa que lo que verdaderamente le gusta del martini es el nombre. La palabra. No el brebaje en sí. Es curioso, se dice. Al frente, en el espejo, su reflejo le devuelve una imagen cansada. La de su esposa, en cambio, luce fresca y animada. Ella es joven, él es un anciano. Él es como Odiseo al momento de regresar a Ítaca. Curiosamente el nombre del bar es ese: Ítaca. El perro de la entrada bien puede llamarse Argos. Más tarde le preguntará al barman. O no. Susana coge la cáscara con el mondadientes y la levanta. La cáscara gotea, ella la mira. Él sigue su movimiento en el espejo hasta que ella se da cuenta. "Qué miras," dice.

Continuará.